jueves, 23 de julio de 2020

Los gritos


Un sonido agudo, estridente –chillón- rasga el sonido de los carros y motos que pasan por la avenida. Son gritos de una mujer. La mata de mango –con su última carga a la vista- no deja ver desde el balcón que sucede unos metros más allá. Los gritos suben de decibeles. Algunos carros tocan su bocina y un par de personas –conductores tal vez- gritan también “que la ayuden por favor”. De repente, una sirena, de esas que le ponen a las patrullas, suena con un poco timidez o como si no quisiera hacerlo. Los gritos cesan. Los curiosos vuelven a caminar. Una patrulla policial pasa a toda velocidad por la avenida. Todo calla; queda el normal ruido de motos, carros y el caminar de las personas. Todo vuelve a la normalidad en un día extraño de cuarentena.

sábado, 4 de enero de 2020

Ojos cerrados...

El hombre cerró los ojos. Los apretó para enfocar en la oscuridad, creyendo infantilmente que así iba a observar mejor algo que no sabía qué podía ser. Pero, para su asombro, la figura estaba allí, nítida y directa. Podía verla en toda su forma. Irónicamente, era algo amorfo con brillos grises que emanaban como pequeños relámpagos de todo su cuerpo de ameba donde se veían dos círculos negros, negrísimos, que lo miraban fijamente. El hombre, en su visión, retrocedió, con el corazón en la boca, con la respiración de aquellos que lo único que saben es la incertidumbre del momento. Ya a punto de desfallecer, en unos segundos que parecían siglos, el hombre con los ojos cerrados y apretados, tuvo un fugaz acto de humildad y sinceridad: fue hasta la figura y le habló en voz queda, pero con una fuerza que no sabía de dónde salía. La miró a los ojos negros, como azabache, como carbón. Extendió una mano. "Tu siempre has estado conmigo. Me has acompañado, en buenos y malos tiempos. Alli has estado. Eres parte de mi historia. Y yo he tratado de renegarte, de ser valiente a costa de todo. He tratado de obviarte, de esconderte, de mirar a un costado para creer que no estas allí. pero hoy comprendo que acompañas al amor: sin ti no hubiera podido apreciar el amor y otras cosas que nos da la vida. Hoy comprendo que eres amigo y no enemigo, hoy comprendo que si te acepto y te doy tu puesto, será más facil. Hoy te extiendo la mano para abrazarte y reconocerte. Gracias"... El Miedo sonrió y su aspecto empezó a cambiar, se hizo mas claro y sus formas se ajustaron un poco más. Su tamaño fue reduciéndose hasta donde ya podía sentirse cómodo. En ese momento, bajó la cabeza y el hombre abrió los ojos que se llenaron de luz en un segundo. Agradeció y salió caminando, advirtiendo que ahora su miedo lo ayudaba a encontrar un camino. 

lunes, 10 de septiembre de 2018

El Aeropuerto

Veo las caras de las personas en una sala de aeropuerto atiborrada. Todos serios. Sin excepción miramos el celular. Otros hablan. Este aparato rectangular se ha convertido en un apéndice. En un órgano nuevo impuesto por los tiempos modernos. El calor empieza a hacer su aparición. Toda la estructura parece haberse detenido en el tiempo. Los colores de este cuadro -pintado en vivo- se transforman: de azules pasan a ocres; luego van perdiendo luminosidad y pasan a un sepiado, como ese que le ponemos a las fotos para tratar -a juro- que se conviertan de una vez por todas en recuerdos. En esta especie de mundo en paralelo, empiezas a pensar en cosas absurdas: qué estará pasando en Caracas, cómo si Caracas fuera otro planeta cuyo movimiento debemos estar evaluando. A dónde iré en diciembre; como si ya no es suficiente pensar que día se pondrá el arbolito o el nacimiento. Pensamientos que se suceden absurdamente uno tras otro. Sin un orden. Hasta que una persona con un megáfono (no hay micrófonos o cornetas internas en este aeropuerto) empieza a llamar para abordar el avión. En ese momento, la realidad de hacer una fila acaba con los tonos sepias que de habían instalado en la sala. Ya tenemos que abordar el avión.

viernes, 10 de agosto de 2018

Los Pájaros


No se trata de la película de Alfred Hitchcock. Caracas es una ciudad de pájaros. No sé si esto sucede así en todas las otras capitales suramericanas. Tampoco me quita el sueño. Muchas veces no le prestamos atención a este hecho y lo pasamos de largo. Desde que tengo uso de razón, desde muy temprano, me levantan algunos pájaros que desde un poco antes de las 6 de la mañana inician su canto. Por otra parte, me quejaba silenciosamente que en los cielos de la capital venezolana solamente se veían zamuros. Todavía se ven estos zopilotes, pero ahora es mucho mayor la presencia de guacamayas y pericos, algo que sin duda ha ayudado mucho en esta caotizada ciudad. En estos días me paré a mirar algo que no es común toparse: un colibrí. Esta vez, la minúscula ave estaba agitando sus alas entre la cerca electrificada de una blanca casa. Al final voló en otra dirección, pero sin saber el peligro que estaba corriendo. Cosas de pájaros se podría decir.

jueves, 2 de agosto de 2018

El Centro


Ir al centro de Caracas es toda una aventura. Desde montarse en el Metro hasta bajarse en Capitolio o La Hoyada. Apenas le dices a algún conocido que vas a ese lugar que queda tan cerca y tan lejos (Win Wenders dixit) te miran como extrañados y te sueltan sin pensar y sin respirar una serie de consejos: nosaqueselcelularguardalacarteramoscapues. Luego que llegas, te das cuenta que en un poco de años algunas cosas no cambian. Desde el "se compra oro. Dólares. Euro (así, sin letra s)", hasta el "café,café". Todavía el centro guarda esa magia de hacerte recordar algún momento que pasaste allí o alguna compra de esas tipo diciembre cuando caminar entre la gente era una proeza.  Al final me monto nuevamente en el Metro -me reviso y estoy intacto- y pasa algo extraño: un señor me parece familiar. Descubro que es el mismo que cuando iba de ida casi se entra a golpes con otro por un codazo al entrar en Plaza Venezuela. Deja vu de ir al centro de Caracas.
 






martes, 31 de julio de 2018

El Camino

Caminar es algo tan automático. Movemos los pies con un ritmo que tratamos de acompañar con nuestras manos. Ni nos damos cuenta. Pero hoy, de repente, comienzo a observar lo que está a mis pies, alrededor, arriba. Todo se transforma por el simple hecho de fijarme un poco más. Observar detalladamente. Una flor amarilla, como una margarita liliputiense, se deja mirar al salir de una reja verde llena de óxido. Luego, el piso que está bajo mis zapatos está desigual, gracias a la raíz de un árbol que desde hace años está tratando de abrir su espacio debajo del cemento y del asfalto. Lo interesante es que es el mismo camino de todos los días. Ahora veo una persona. Un hombre joven que camina rápido en dirección contraria a la mía. Qué pensará. No lo sabré. No importa. Llegó a la panadería. La mujer que me atiende tiene unas uñas psicodélicas. Interesante que tantos colores entren en ese espacio. Las personas hablan. Algunas conversaciones las escucho sin querer; “…claro que tengo dinero en esa cuenta”; “Cuánto cuesta un café”; “…está en la cola”. Conversaciones cotidianas sin importancia. Al salir, ya se está pasando el efecto de poder ver la calle. Mis pensamientos le ganan espacio a mis sentidos. Un vehículo cae en un hueco llenó de agua. Empapa a una mujer que se seca como puede el agua sucia. Se ríe para no llorar. Sigue caminando tratando de aparentar normalidad y que nadie la vio. Todo es normal ahora.

 

lunes, 30 de julio de 2018

El Perro

Caracas. 7.05 am. Unos 20 °C afuera, acabo de ver en el celular (Cómo lo sabrá me pregunto rápidamente).  Voy al norte.Lo sé porque allí está el Ávila. El semáforo me detiene. Pienso gracias a Dios no hay tantos carros. Agradecer la desgracia de los que tienen el carro dañado y no pueden pagar el mecánico o el repuesto. Qué se hace. Vivir y sobrevivir. Canibales de la ciudad. De repente, un perro pasa tranquilo como un peatón más. Tiene collar. Es cacri. Marrón claro. Con algo de blanco. La imagen se detiene en ese segundo mental que nos permite observar una escena. El semáforo está en verde. Dónde está el perro. Se fue. ¿Emigró?  ¿Voló? ¿Lo soñé?  Espejismos de una ciudad que sigue con su vida. No sólo la ciudad. Todos sus ciudadanos seguimos caminando en semáforos, cómo el perro de esta mañana cualquiera.