martes, 31 de julio de 2018
El Camino
Caminar es algo tan automático.
Movemos los pies con un ritmo que tratamos de acompañar con nuestras manos. Ni
nos damos cuenta. Pero hoy, de repente, comienzo a observar lo que está a mis
pies, alrededor, arriba. Todo se transforma por el simple hecho de fijarme un
poco más. Observar detalladamente. Una flor amarilla, como una margarita
liliputiense, se deja mirar al salir de una reja verde llena de óxido. Luego, el
piso que está bajo mis zapatos está desigual, gracias a la raíz de un árbol que
desde hace años está tratando de abrir su espacio debajo del cemento y del
asfalto. Lo interesante es que es el mismo camino de todos los días. Ahora veo
una persona. Un hombre joven que camina rápido en dirección contraria a la mía.
Qué pensará. No lo sabré. No importa. Llegó a la panadería. La mujer que me
atiende tiene unas uñas psicodélicas. Interesante que tantos colores entren en
ese espacio. Las personas hablan. Algunas conversaciones las escucho sin
querer; “…claro que tengo dinero en esa cuenta”; “Cuánto cuesta un café”; “…está
en la cola”. Conversaciones cotidianas sin importancia. Al salir, ya se está
pasando el efecto de poder ver la calle. Mis pensamientos le ganan espacio a
mis sentidos. Un vehículo cae en un hueco llenó de agua. Empapa a una mujer que
se seca como puede el agua sucia. Se ríe para no llorar. Sigue caminando
tratando de aparentar normalidad y que nadie la vio. Todo es normal ahora.
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