Veo las caras de las personas en una
sala de aeropuerto atiborrada. Todos serios. Sin excepción miramos el celular.
Otros hablan. Este aparato rectangular se ha convertido en un apéndice. En un
órgano nuevo impuesto por los tiempos modernos. El calor empieza a hacer su aparición.
Toda la estructura parece haberse detenido en el tiempo. Los colores de este
cuadro -pintado en vivo- se transforman: de azules pasan a ocres; luego van
perdiendo luminosidad y pasan a un sepiado, como ese que le ponemos a las fotos
para tratar -a juro- que se conviertan de una vez por todas en recuerdos. En
esta especie de mundo en paralelo, empiezas a pensar en cosas absurdas: qué
estará pasando en Caracas, cómo si Caracas fuera otro planeta cuyo movimiento
debemos estar evaluando. A dónde iré en diciembre; como si ya no es suficiente
pensar que día se pondrá el arbolito o el nacimiento. Pensamientos que se
suceden absurdamente uno tras otro. Sin un orden. Hasta que una persona con un
megáfono (no hay micrófonos o cornetas internas en este aeropuerto) empieza a
llamar para abordar el avión. En ese momento, la realidad de hacer una fila
acaba con los tonos sepias que de habían instalado en la sala. Ya tenemos que
abordar el avión.